Los amantes de Teruel.

Escrito el 13 junio, 2017
Por: Sexnambula
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Historia de amor de dos momias.

La historia de los amantes de Teruel comienza en el siglo XVI. Tras unas obras en la capilla de San Cosme y San Damián dentro de la Iglesia de San Pedro, aparecen dos cuerpos, pertenecientes a un hombre y a una mujer modificados, entre los escombros.

Ya siendo estos hechos bastante inéditos por si solos, aparece junto a los restos un pergamino que para sorpresa y colaboración de historiadores y ciudadanos, relata la historia de la vida y la muerte de aquella pareja momificada.

De la cuna a la tumba

Cuenta la historia que principios del siglo XIII, Juan Diego de Marcilla e Isabel de Segura, habitantes de Teruel y pertenecientes a sendas buenas cunas; se amaban desde niños.
La cosa podía haber sido la más trivial del mundo:dos niños “pijos” que se quieren y encima sin ningún impedimento de clase. El “más impedimento de los impedimentos” , por aquellas fechas.

Era amor de verdad, por tanto del de matrimoniar. Diego, inocente, pidió a Isabel que se casará con él.
Sin embargo,
las cosas no iban a discurrir por las cauces previsibles.

Existiendo rencillas nunca aclaradas entre las familias , seguramente por motivos de índole religioso o ideológico, el padre de Isabel, decidió librarse de Diego de forma, digamos, sibilina.

Le dio la opción de merecerse la mano de la niña si era capaz de aumentar su fortuna.
Juan Diego de Marcilla partió a las Cruzadas
en la esperanza de ser digno partido para Isabel, y sobre todo, de su papa.

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“La cosa podía haber sido la más trivial del mundo:dos niños “pijos” que se quieren y encima sin ningún impedimento de clase. El “más impedimento de los impedimentos” , por aquellas fechas.”


Así
, mientras el joven luchaba contra el infiel, el padre de Isabel se puso a buscar un marido más conveniente, a su entender. Lo encontró en el hermano del Señor de Albarracín. A esto,  a Isabel, sin voz ni voto la llevaron al altar, celebrándose el enlace en 1217. Hete aquí, el mismo día en que Juan Diego regresaba de las Cruzadas, tras cinco años de lucha y privaciones, y sin haber olvidado la promesa del padre de Isabel.

Diego consiguió citarse con Isabel tras la boda, y le suplicó un beso. Ella, hija obediente y casta dama, se negó considerándolo una falta de respeto hacia su recién estrenado marido. La negativa le partió el alma al enamorado, seguro como estaba de que ella le esperaba. Como fulminado, cayó al suelo y murió al instante.

Al día siguiente se celebraron los funerales. Isabel, desconsolada, quiso ofrecer como último regalo, el beso que le negó el día anterior. Tras besar al que seguía amando, murió desvaneciéndose sobre el cadáver de Diego.

Al ser tan evidentes las pruebas de su amor, los familiares decidieron oficiar el mismo día la ceremonia por la muerte de Isabel, y ambos cuerpos recibieron sepultura conjunta en la Iglesia de San Pedro.

Para que quedara constancia, los hechos fueron confirmados por el juez de Teruel, Don Domingo de Celada, que depositó el documento en la tumba de los amantes.

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